La escuela ha cambiado mucho en las últimas décadas. Aunque algunos elementos siguen prácticamente intactos (las pizarras, los cuadernos o los exámenes continúan formando parte de nuestro día a día), otras situaciones habituales en las aulas actuales habrían resultado difíciles de imaginar hace apenas medio siglo.
En 1976 no existía Internet tal y como lo conocemos, los ordenadores personales apenas comenzaban su historia y para consultar una información había que recurrir necesariamente a libros, enciclopedias o bibliotecas.
Hoy un estudiante puede recorrer virtualmente un museo situado a miles de kilómetros, hablar en directo con una clase de otro país o recibir información inmediata sobre una actividad que acaba de realizar.
Repasamos cinco cosas que hacemos hoy en clase y que hace 50 años parecían ciencia ficción.
1. Visitar cualquier lugar del mundo sin salir del aula
Roma, las pirámides de Egipto, la selva amazónica o incluso la superficie de Marte. Hoy podemos acercarnos a todos estos lugares desde una pantalla.
Los mapas digitales, las visitas virtuales y las imágenes en 360 grados permiten explorar espacios que antes solo podíamos conocer a través de fotografías, documentales o libros.
Esto no sustituye, por supuesto, a la experiencia de viajar, pero ha abierto enormes posibilidades educativas. Un profesor de Historia puede recorrer con sus alumnos las calles de una ciudad antigua y uno de Ciencias puede mostrar imágenes reales de lugares prácticamente inaccesibles.
Hace 50 años, una posibilidad así habría parecido propia de una película de ciencia ficción.
2. Hablar en directo con una clase situada a miles de kilómetros
Las videollamadas se hicieron especialmente habituales durante la pandemia, pero sus posibilidades educativas van mucho más allá de las clases a distancia.
Actualmente, un grupo de estudiantes de Canarias puede realizar una actividad con otro de Argentina, entrevistar a un investigador que se encuentra en Estados Unidos o escuchar a un escritor sin necesidad de que visite físicamente el colegio.
Las paredes del aula han dejado, en cierto modo, de marcar sus límites.
Algo tan cotidiano como abrir una videollamada y ver y escuchar instantáneamente a una persona situada al otro lado del planeta habría sido extraordinario en la escuela de los años setenta.
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3. Tener prácticamente una biblioteca entera en el bolsillo
Durante buena parte del siglo XX, buscar información para un trabajo escolar significaba acudir a una biblioteca, consultar una enciclopedia o preguntar a alguien que conociera el tema.
Hoy llevamos en el bolsillo dispositivos capaces de acceder en segundos a millones de libros, artículos, vídeos, mapas y documentos.
El cambio ha sido tan grande que uno de los principales retos de la escuela ya no consiste únicamente en enseñar a encontrar información, sino también en aprender a seleccionarla, contrastarla y distinguir las fuentes fiables de aquellas que no lo son.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Precisamente por eso, aprender a utilizarla se ha convertido en una competencia fundamental.
4. Recibir una corrección casi inmediatamente
Tradicionalmente, un alumno entregaba un ejercicio y tenía que esperar a que el profesor lo corrigiera para saber qué había hecho bien y dónde se había equivocado.
Las herramientas digitales permiten hoy obtener información sobre el aprendizaje prácticamente al instante.
Cuestionarios interactivos, plataformas educativas y diferentes aplicaciones pueden mostrar los errores inmediatamente, permitir nuevos intentos o adaptar algunas actividades al progreso del estudiante.
Esto no elimina la importancia del profesor ni de una buena retroalimentación. Al contrario: permite reservar parte del tiempo para aquello que una máquina difícilmente puede ofrecer, como explicar por qué se produce un error, acompañar al estudiante o ayudarle a encontrar otra estrategia.
5. Pedirle a una máquina que nos explique una duda
Probablemente este sea el cambio que más habría sorprendido a un estudiante de 1976.
Hoy podemos escribir una pregunta a una herramienta de inteligencia artificial y recibir en segundos una explicación, solicitar otro ejemplo, pedir que adapte la respuesta a nuestro nivel o incluso mantener una conversación sobre un determinado tema.
La inteligencia artificial generativa ha abierto posibilidades educativas enormes, pero también nuevos interrogantes. Si una herramienta puede redactar un texto, resolver determinados problemas o resumir un documento en segundos, la escuela tiene que preguntarse qué significa realmente aprender en este nuevo contexto.
El reto ya no consiste únicamente en acceder a estas tecnologías, sino en aprender a utilizarlas de manera crítica, responsable y consciente de sus limitaciones.
¿Cómo será la escuela dentro de otros 50 años?
Si pudiéramos llevar a un estudiante de 1976 a un aula actual, seguramente reconocería muchas cosas: profesores, alumnos, mesas, libros, explicaciones y preguntas.
Pero otras le resultarían completamente sorprendentes.
La tecnología ha cambiado nuestras posibilidades para acceder a la información, comunicarnos y aprender. Y probablemente algunos de los cambios que veremos durante las próximas décadas nos resulten hoy tan difíciles de imaginar como habría sido Internet para quienes estudiaban hace medio siglo.
La pregunta es inevitable: ¿cómo serán las aulas en 2076?
Nos vemos en la siguiente clase.


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